En un partido del barrio, de la liga Guruyú, lo bautizó Caramelo una flaca colgada del alambrado. Le gritó por el rombo del tejido: –Meté, peludo. Caramelo. Tas pa chuparte con papel y todo. Después de eso, Caramelo para siempre.

Caramelo estaba haciendo changas de delivery, se había quedado sin trabajo y en varios meses no había encontrado nada. Le propusieron repartir medicamentos en una motito roja y no lo dudó. Sus días eran prácticas de fóbal por las mañanas, con el rocío chorreando de los botines en la cancha de Alto Perú. Luego, Rivotril, Amoxidal y Novemina a domicilio. Buzo con agujeros en las mangas y short con escudo de otro equipo. No importa. Tirabuzones con queso. Moto sin luz. Camperón de la feria de Piedras Blancas y gorro de hilo con el escudo de los Chicago Bulls. Caramelo trataba de irla llevando como podía.

Fue en la farmacia que la conoció a ella, precisamente repartiendo remedios. Se llamaba Yenny. Medio gordita, simpática, estaba estudiando para enfermera y trabajaba en la farmacia porque le gustaba, además de que se manoteaba algunos remedios y luego se los vendía a unas viejas de Pocitos a las que los martes y jueves les hacía masajes en las piernas. La Yenny tenía pinta de boluda pero era un avión. Estaba separada desde hacía tres meses; se había casado, pero no funcionó. El tipo pasaba jugando al Family (un juego de básquetbol) y casi ni la tocaba; ella creía que era trolo, estaba casi segura.

Caramelo se había hecho hincha de Alto Perú por el cuñado, el Gordo Víctor, un carnicero que siempre andaba de bermudas con palmeras estampadas y era un enfermo del Alto que no se perdía un partido. Llevaba una bandera que había hecho con sus manos, que decía: “Carne, porro y el Alto”. Caramelo había transitado las inferiores en Cerro. Andaba bastante bien: le pegaba con una sola pierna pero era rápido, metía el cuerpo y jugaba contra la raya echando cola y usando los brazos, cuerpeaba y ganaba. Le gustaba también jugar de nueve, pero de puntero andaba mejor. Usaba el pelo largo, siempre atado con una colita, y se había dejado un bigote partido al medio; era inconfundible. Todos sabían quién era el pelilargo del bigote, y adentro de la cancha, con la pelota hacia delante, era un titán: tenía un rush corto pero contundente.

Sin mucho preámbulo, como sucede siempre en el fútbol, un día en Cerro lo dejaron libre. Otros decían que fue porque no quiso cortarse el pelo. El Gordo Víctor lo llevó a Alto Perú. A lo primero, nadie daba dos pesos por el peludo, pero luego, con goles y huevo, se ganó a la hinchada. Empezó de suplente. Un día, cuando se lesionó el nueve titular, lo mandaron de una. Le tocó patear un penal en la hora y se metió la globa bajo el brazo (como hacía en el barrio), se paró en el punto penal y miró hacia la izquierda, le marcó con la mano la derecha al golero como para que se tirara. Amague a pura cintura. Golero que se revuelca y Caramelo que le entra fuerte al medio. Le rompió el arco y no salió más del equipo. Alto Perú jugó las finales, pero no pudo subir a primera. Caramelo se hizo ídolo y lo estamparon en trapo. “Alto Perú y Caramelo de huevo”. Lo compró Miramar Misiones y con esa plata pagaron dos meses de sueldo. Se despidió con cena y show de plena en la sede. Había mozas, refresco Chuki-fruti en jarras de vidrio, y morcilla con lechuga. Caramelo fue a buscar a la Yenny y se encerraron en la habitación egipcia del telo El Edén. La Yenny se bañó en perfume Carolina Herrera 211 trucho y Caramelo tomó Viagra para no fallar. Así empezó todo. A los dos meses ella lo metió en la casa y empezó a ir a los partidos a verlo. A ella no le gustaba mucho el fútbol, pero trataba de cambiar el turno de los domingos cuando podía, sólo para acompañarlo. Caramelo dejó la motito roja y trató de dedicarse a la pelota; pretendía ser profesional. Miraba muchos partidos de la selección en la tele y le habían quemado la cabeza: mucho proceso, mucho calcio, mucho humo.

En la farmacia estaban los hijos del dueño y como no se llevaban bien entre ellos hacían medio turno cada uno: de mañana la hija y de tarde el hijo. La Yenny les robaba a los dos por igual, sin discriminar y descaradamente, entonces parecía que cada hijo le robaba al otro. A veces les metía la mano en la caja, pero si podía elegir prefería llevarse los remedios: no era tan complicado y la plata la ponía nerviosa.

Estaba clarísimo que nadie iba a sospechar de ella. Además estaba Graciela, una veterana bastante inservible a la que no echaban para no tener que pagarle el despido. No se sabía bien si era idiota o se hacía, pero en la cabeza tenía pocos jugadores y no coordinaba que los de blanco jugaban juntos y era mejor si se tocaban la pelota entre ellos. Por lo menos se le podía echar la culpa si en algún momento explotaba todo. Graciela era lenta, estaba como desfasada, llegaba tarde a todo y siempre que podía trataba de meterse en las conversaciones, entonces generalmente no se la tomaba en cuenta para nada, porque parecía que en cualquier cosa que hiciera la iba a cagar. Su destino era ser una inútil toda su vida y, por lo tanto, acostumbrarse al bullying silencioso. Igual parecía que no le importaba: ya estaba acostumbrada, no le entraban ni las balas. En este panorama, la Yenny se hacía un picnic. Se metía los remedios en la tanga, luego iba al baño y los guardaba en la cartera. Galleta de campaña, manteca y miel. Penal y gol. La Yenny empezó a traerle anabólicos y Caramelo sacó tremendo lomo. Las piernas estaban durísimas, quedó macizo. Chocabas con él y te partía. Era lo que le faltaba. Ahora estaba hecho un tractor.

Jugó dieciocho partidos y metió veinte goles. Vinieron a buscarlo de Fénix, le ofrecieron mil dólares por mes y un auto. Preguntó dónde y estampó la firma. Se fue de Miramar y los hinchas fueron a la sede para intentar retenerlo. Se amotinaron en la puerta, pero no hubo caso. Cena entre dirigentes de saco marrón y pantalón caqui, con ensalada rusa y matambre. Tocó cuatro temas Bafo da Onça y sus Mulatas de Fuego. Los gorilas de Miramar estaban como locos con las morenas. Caramelo se puso a dançar Terra Samba con una que estaba que ardía, le sacó el teléfono y a los tres días estaba en la casa. Martini Bianco, Venus de fondo en el plasma y portátil prendida. Palo y palo.

La morena estaba acostumbrada al rigor. Bailaba por plata, y por billetes también se vendía si ameritaba. Se le subió encima y lo dejó como loco. Se complicó el partido. Caramelo no pudo olvidar esa noche. Sabía que lo mejor era dejar atrás todo lo que había sucedido, enterrarlo, hacer el duelo y olvidarse del asunto por completo. Pero no pudo. Nada indicaba que pudiera sacarse a esa morena de la cabeza tan fácilmente. Y ella lo llamó al otro día. Cuando escuchó el celular y vio que era ella aunque el contacto decía “Mecánico”, supo que estaba hasta las manos. Le puso: –Voy pa ahí, aprontate. Ella le contestó: –Haceme lo que quieras. Bajada en bici pero sin frenos, gato escapado, fin del Caramelo.

Lo llamaron de la automotora y le dieron el auto. Eligió negro pero al rato llamó para cambiarlo: a la Yenny le gustaba más rojo. Le hizo estampar “Caramelo” en el vidrio de atrás, con letras blancas. Fiat uno punto seis, Fire. Con llantas y aire acondicionado. Le puso una cinta roja para la envidia colgada del espejo retrovisor y se fueron con la Yenny al Buceo, frente al cementerio. La Yenny quería festejar con cariño, pero Caramelo estaba desconcentrado y no anduvo. La Yenny se enojó, apagó la radio y le metió el peso. Le preguntó si le pasaba algo, que le explicara por qué no funcionaba. Él le dijo que estaba preocupado, que no era jugador del técnico y que ahora iba a tener que cuidarse más. Ella lo miró de costado y se la dejó pasar. Al rato, en uno de esos locales de comida rápida donde antes había un cine de barrio se clavó dos combos con papas y refresco grande, y pareció olvidarse del asunto.

Cinco partidos perdidos y, a la salida del vestuario, llamada por teléfono de los dirigentes al técnico. Fin de un ciclo. Vino un argentino y se trajo sus jugadores. Jugaba cuatro uno, cuatro uno, más bien defensivo. Caramelo metió banco y algunas veces no estuvo ni citado. Un día, en la práctica fue a preguntar por qué no jugaba y el técnico le pidió comisión del sueldo y porcentaje en el pase. Se comió un semestre sin jugar. Para la segunda rueda cesaron al técnico y subieron al de tercera. Lo puso de titular y le trajo un volante con llegada para que le hiciera el juego. En cinco partidos todos empezaron a hablar del peludo con bigotito que jugaba en Fénix. Hasta algunos delirantes de Miramar que todavía lo seguían empezaron a pedirlo para la selección. Le metió dos goles a Peñarol y se hizo tapa de diario. Un gol a Defensor y llegaron a las finales. Se comieron tres con Nacional y lo crucificaron. Un periodista puñalero con pocos códigos tiró al aire que Caramelo anduvo muerto porque en vez de estrenar se pasaba metido en la casa de la morena del Congo. Le erró a medias con la data, como todo periodista de traje negro con mocasines marrones. Perro encerrado, whisky nacional en vaso de plástico, patada de atrás.

De tarde, cuando llegó, la Yenny no dijo nada y si se hizo la boluda no se notó. Caramelo esperaba el bolsito con sus pocas cosas al costado de la puerta. Pasaron tres días, una semana, un mes y nada. Volvieron los entrenamientos, la Liguilla. Wanderers, uno a cero. Liverpool, uno a uno. Peñarol, uno a cero, gol de Caramelo. A la salida del estadio, los manyas lo esperan para putearlo; los de Fénix van atrás del ómnibus para meter caravana hasta la sede. Es el último en salir, sale sorteado al antidoping. Cena en la sede: pulpón con ensalada. Premios para todos. Salen varios autos para Pando a comprar sexo barato. Preferencia: la Muda. Porque está buena y por el morbo de que no va a contar nada. Caramelo aprovecha la volada y llama a su Mecánico. A la segunda llamada atiende; está enojado ese mecánico. Al final, lo convence y se va para la casa con olor a humo, pero no importa.

Cortina baja, ventilador de techo y Gilda de fondo. La morena se siente un objeto y aprovecha a apurarlo. Es el momento: ahora o nunca, partilo porque es gol, piensa. Le dice que está conociendo a otro, lo apura con maña bolichera. Caramelo se mete en el baño, se da una ducha mirando el Collerati y toma la decisión. Se va a quedar ahí. Quiere quedarse ahí desde hace tiempo. Apaga el celular y se duerme contento. Que explote todo. Se abraza a la morena. A las once de la mañana se despierta y va a la panadería. Seis rellenos de dulce de membrillo, cuatro de queso y tres pan con grasa. Leche descremada y un yogur. La morena quiere chocolatada. De camino, enciende el celular. Veinticuatro llamadas, ninguna de la Yenny. Doce del presidente, seis de dirigentes, dos de compañeros, el ayudante técnico, la madre, el capitán y el Gordo Víctor. Digita el número de la madre y cuando lo atiende lo primero que le dice, a los gritos, es que compre el diario. Otra vez tapa: positivo en el antidoping. Por lo pronto, dos años fuera de las canchas. Mano, penal en contra, gol en la hora de picadita. Game over.

Se sienta en la plaza, no sabe adónde ir. Mira el cielo, no encuentra nada. Se sube al auto y mete ruta. Llega a Salinas y estaciona cerca de la playa. Piensa un rato. Siente la marca encima, le cuesta respirar. Empieza a atar cabos. Pega la vuelta, pata a fondo. Farmacia, paliza y le escupe la cara. La Yenny, directo y sin escalas al hospital, con lesiones graves y testigos que vieron todo. Patrullero. Procesado con prisión y escarnio por Facebook. Por más que diga que ella le cambió los remedios, nadie le cree. Le dan nueve meses. Confirmado: le esperan dos años sin jugar al fútbol y Fénix lo deja libre. Lo echan como a un animal sarnoso. A las ocho semanas es tapa de nuevo en los diarios: se clava cuatro cajas de Rivotril y pasa de un sueño a otro. Fin del Caramelo.

“Quiso ser jugador de fútbol y casi pudo lograrlo”, escribió un pibe sincero en un sitio de internet. El domingo, el Gordo Víctor llevó otra bandera: “Caramelo, estabas enfermo pero no te vamos a olvidar”. “Algunas enfermedades no se curan con remedios”, escribió otro en el muro del costado de la farmacia.

Berretín de cuentos (La cuentoteca de Garra)

El berretín es el canuto. Es donde se encanuta. El berretín también es aquello que nos caracteriza, muchas veces en forma despectiva, otras no tanto: los berretines de aquel, los berretines de aquella. En Garra tenemos berretines, formas y canutos. La forma es la comunidad, tenemos berretines comunitarios. Tenemos también canutos donde amorralar cuestiones. El berretín de cuentos es donde encanutar cuentos de fútbol para que estén a la mano —o al ojo, mejor dicho— del lector. La literatura deportiva, porque la extensión es a la literatura deportiva más allá de que el fútbol nos desborde, tiene exponentes de alta talla. Llámese Galeano a sol y sombra, Benedetti y la historia del puntero izquierdo que la manda a guardar a pesar de haberse vendido por unos pesos y unas promesas; Fontanarrosa más allá del charco, también Soriano o Sacheri. Desde aquella “Oda a Platko” de Rafael Alberti, hasta “Orsai en el paraíso” escrito por Pepe Sasía y publicado en 1992, ha habido personajes que se ocuparon de achicar esa supuesta brecha entre la literatura y el deporte, o entre el arte y el deporte, o entre lo creativo y el juego, que también es creativo. Una jugada es una oración, un verso, un remate es un remate. El Berretín de Cuentos de Garra es una brecha entre las piedras de lo establecido, donde guardar los cuentos que hacen jugar a nuestros ojos, correr por las canchas oníricas remotas de los textos, hacer goles que nunca hicimos, o que nadie nunca hizo, pero que en el pecho se festejan tanto como si los estuviésemos sudando.