Todo sigue igual de bien

Zapatos prestados.

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El Polilla huele la madera. Roza las cuerdas y las hace sonar, dice: “Esos son los Redondos. Siempre”. Desde siempre. Más que suerte. El Polilla fue lateral y lo seguirá siendo. Vive la vida como un lateral. A un costado del bullicio hay un surco donde estar y ser, proyectarse más allá del medio de la cancha, transitar la realidad de tirar centros, y cada tanto cortar hacia adentro y pegarle co...
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El Polilla huele la madera. Roza las cuerdas y las hace sonar, dice: “Esos son los Redondos. Siempre”. Desde siempre. Más que suerte. El Polilla fue lateral y lo seguirá siendo. Vive la vida como un lateral. A un costado del bullicio hay un surco donde estar y ser, proyectarse más allá del medio de la cancha, transitar la realidad de tirar centros, y cada tanto cortar hacia adentro y pegarle con el alma. Pardo, los ojos mieles brillosos, ramas de savia cobriza que interpelan al tiempo. Hay canchas que no terminan nunca. Nos colgamos con una foto de aquella categoría 85 a mil rayas; hay colores que no tienen nada que ver con la gloria. Hay glorias que nada tienen que ver con la guita, ni siquiera con los campeonatos. Parados de izquierda hacia el otro lado: Damián Frascarelli, Lucas Aranda, el Chengue que no es famoso, el Casa, el Cabeza Requelme, el otro Cabeza, el Tucu Roquete, el Flaco Menza, el Patrón Bermúdez y el Chipi Robaina. Abajo a la izquierda está quien escribe, el Perro Loco, Palito Pereira, Nacho Casal, el Polilla, el Enzo y Marroche, el de la cumbia a todo volumen en el bondi. Hay unos segundos donde lo único que se oye son nuestros párpados aplaudiendo frente a la foto. El Polilla vuelve a la silla y rasga la guitarra otra vez. Todo lo sano de soñar estuvo en esas caras retratadas en un papel pegado con cinta adhesiva a mi pared. No sabíamos lo que queríamos pero lo queríamos en ese momento, y así aprendimos a vivir. La calle fue nuestra aliada, los bondis fueron túneles entre los barrios. Amanecer una bendición con rocío, y con gloria, si hay partido. Si hay partido es otra cosa. Si no hay, entonces la vida baja como en una bici rumbo a la rambla inerte de las cosas. Rumbo a una meseta aterradora de lo cotidiano. Rumbo al cociente esperable de las horas. Rumbo a lo inabarcable del hastío.

Una fábrica es un lugar donde la gente convive, labura, pasa los años. Crece, se enamora, se deja, vuelve a creer. Cierra, abre, ocupa, se sindicaliza. El fútbol es parecido, por no decir lo mismo. Será que la diferencia radica en el producto. En el caso del fóbal, lo más parecido a la vez a la trata de blancas. Pero ese es otro tema, el Polilla rasga una vez más y cuelga el vidrio de sus ojos. Ahora vemos una foto con su viejo con las caras llenas de pasto en un auto rojo de otro tiempo, con la bordeadora y la pala, los baldes, la tierra, la dignidad. La gente se construye en un oficio, digo, uno construye un oficio como puede, como la gente. Nosotros los futbolistas construimos algo que un día se termina, que no avisa, como una pequeña muerte, un tiquiñazo en el ojo de la realidad. Salir a buscar el mango, usar las manos cuando siempre usaste los pies, la cabeza un dínamo, el corazón que bombeará rápido todos los sábados a las cuatro. El Polilla tiene tres gurises con su compañera de siempre, son paisanos de la costa de Canelones. Recordamos la ida de un pequeño ser querido a las latitudes inexplicables de la muerte. Recordamos también a los compañeros del cuadro entre el murmullo del llanto. Traemos a colación la vez que el Polilla se perdió en Brasil unos cuantos meses cuando aún no había internet, y a nosotros nos llegaban por tradición oral historias turbias que solo desataban fantasías de gurises inspiradas en películas gringas de canales abiertos. En la foto de ahora estamos nosotros, el cuelgue se queda en los píxeles. O en el texto. Se va, nos veremos, hijos de lo artesanal, crías de vestuario acostumbradas a andar cerca del cordón de la vereda.

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