Fue genial, un triunfo de maravilla sobre los locales, con seguridades, certezas en lo mejor que podemos y expectativas de desarrollo en lo que se pueda mejorar para lo que viene, en los octavos de final en Sochi. Realmente fue una victoria contundente, por la capacidad del rival, por la coyuntura, porque estábamos jugando con el organizador y local en el Mundial, y lo estábamos haciendo ya clasificados pero queriendo más, sin saber lo que vendría. La victoria fue conseguida a pulso por esa casi perfecta escuela de marca uruguaya y por una excepcional capacidad de dar el golpe en los momentos justos. Dado el desarrollo del partido, la goleada podría haber llegado en el primer tiempo, cuando todavía en el 11 contra 11 el equipo de Tabárez mostró su enorme armadura, experiencia en camino y evolución en acción de los más jóvenes, que van haciendo el callo de la experiencia a puro despliegue, marca y toque. Tal es el caso de Rodrigo Lolo Bentancur, con su desempeño polivalente y eficiente, por lo menos para que los argentinos de Olé descubran qué es lo que tiene el neohelvético en su juego. Si necesitan más pruebas, ahí estaban Lucas Torreira, una especie de Cacha Arévalo Ríos de 2010 versión 2018, y Diego Laxalt, con sus patines por todo el flanco izquierdo. Ni hablemos del trío magnífico de nuestros más grandes cracks del siglo XXI: Diego Godín, Luis Suárez y Edinson Cavani.

El expediente del exitismo es jodido, muy jodido, mucho más si tenés que pasar por el mostrador de la demagogia y el populismo. Ni te digo cuando para cada trámite precisás el sello del triunfo deportivo. Ahí es terrible. Como en un sketch de Decalegrón, como en un cuplé de la oficina, como el personaje que hacía Norma Pons en aquel viejo programa de Antonio Gasalla: siempre, pero siempre, te están pidiendo el sello de la victoria, el timbre del éxito, la escritura del triunfo perentorio, no ya para aprobarte sino simplemente para permitirte seguir adelante.

Edinson Cavani
Edinson Cavani

Algo de eso le pasa a la selección uruguaya de Óscar Tabárez, cuando está cerca de entrar al decimotercer año de trabajo, con claros e irrefutables triunfos sin goleadas ni exhibiciones, con tantos caminos como recompensas y hasta con la mayor cantidad de triunfos o éxitos concretos que cualquier selección haya tenido en los últimos años. Siempre le están buscando la falla, siempre están prontos para la subversión, para voltearte y empezar de nuevo. Eso es mientras se gana como hasta ayer. Ahora tenemos cinco días para disfrutar, pero también para masticar, pensar y hacernos eco de esta maravilla en gestación que han sido las selecciones nacionales en la era Tabárez.

A la cancha, la celeste

El ambiente es removedor, único, excepcional. Y eso, por lo menos de nuestro lado, se vive como una fiesta por haber llegado a Samara ya clasificados. Al minuto, Bentancur avanzó por la izquierda y probó con un tiro desde media distancia. No estuvo mal. Al principio, el equipo de Tabárez se plantó en términos de línea de cuatro final, con Martín Cáceres por la derecha, Diego Laxalt por la izquierda y Lucas Torreira recostándose como tapón. Una pelota jugada atrás por los rusos encontró a Suárez en carrera por la izquierda. La habilitación para Cavani le quedó a Bentancur, que cuando iba a entrar al área fue derribado. El tiro libre fuerte, seco, por abajo y al palo del golero venció a Ígor Akinféev y se convirtió, antes de llegar a los diez minutos, en el primer gol uruguayo. Rusia estuvo cerca del empate con un remate a quemarropa de Aleksandr Samédov, pero Fernando Muslera controló y sacó la pelota al córner. Al cuarto de hora la pelota empezó a ser de los rusos, mientras que la prodigación y concentración en la marca eran de los uruguayos. Fue así que al recuperarla, mediante un óbol, Cáceres se la jugó al pie a Nahitan Nández, que fue volteado. Al ejecutar la falta, Torreira levantó un centro que terminó en córner, y a la salida de ese tiro de esquina le quedó para Laxalt, que se tomó el tiempo justo para cerrar la jugada: control, pequeño enganche y el zurdazo abajo con el que no pudo Akinféev. Iban 24 minutos y ya estábamos 2-0. Sólo tres minutos después, Bentancur tuvo el tercero, pero se la sacaron en la línea. Las jugadas de peligro favorables a Uruguay llegaban a cada minuto: después hubo un largo bochazo de Laxalt que dejó en carrera al toro salteño Suárez, y poco faltó para que se pudiera acomodar. Uruguay los marea, los duerme con su metrónomo marcando los tiempos como redondas con puntillo. Van corriendo la pelota de un lado para el otro y, de vez en cuando, le meten una síncopa como la del minuto 35, cuando Laxalt salió eyectado desde el fondo y generó la roja –amarilla más amarilla– de Igor Smolnikov, y otra vez a tenerla. Así continuó la virtuosa y paciente telaraña de mantener adormilado y al borde del mareo al rival, para irnos al vestuario con esa preciosa ventaja de 2-0.

Edinson Cavani en el partido ante Rusia
Edinson Cavani en el partido ante Rusia

Yo sé que a ustedes no les parece un simplismo ni una acción facilonga. La mayoría absoluta de nosotros sabemos cuánto cuesta construir esa muralla, ser absolutamente idóneo en las formas y las estrategias adquiridas para la recuperación de la pelota. Décadas y décadas de saberes defensivos ejecutados con humildad y modestia, una vez más, como desde hace 12 años, llevados adelante por las hormiguitas de Tabárez. Antes de que comenzara la preparación para Rusia, el entrenador comparó la organización de algunas especies del reino animal –la de las hormigas, por ejemplo– con los colectivos, en particular con los del fútbol: “Muchas ideas de la organización de los que tienen organizaciones colectivas funcionan colectivamente porque cada una hace una función. Ninguna hormiga obrera aspira a ser reina. Entre los seres humanos sí, entonces eso hay que trabajarlo, y en una organización futbolística como una selección eso funciona. Se toman decisiones consensuadas consigo mismo y consensuadas con los demás”, decía el Maestro.

Arañas, hormigas y una estructura envidiable

El segundo tiempo arrancó igual que el primero, con Uruguay includo un poquito más arriba y usando más agudamente los espacios que consigue, moviéndola largo, sin prisa ni pausa. En el minuto 15 del complemento, cuando le mostraron la amarilla a Bentancur, Stanislav Cherchésov quemó su tercera variante, y fue entonces que Tabárez le dio ingreso a Giorgian de Arrascaeta por el neohelvético, que hizo un partidazo. Hay excelencia también en esa forma de encarar el juego, y Uruguay rozó la excelencia al mantener con tranquilidad la pelota y buscar la oportunidad propicia para un posible tercer gol. Entró Cristian Rodríguez por Nández y De Arrascaeta pasó a jugar de enganche, mientras que el Cebolla quedó de volante por la izquierda. Uruguay optimizó su posesión y su defensa, y desmoronó por completo a los rusos, que siguieron insistiendo y dándose contra un muro infranqueable: Muslera, que se convirtió en el golero uruguayo que más ha jugado en este tipo de torneos y vuelve a terminar el grupo invicto como en 2010. A los 90 minutos llegó el tercero, el esperado gol de Cavani, que agarró el rebote del arquero tras un impresionante cabezazo de Godín, un jugador fuera de serie que está entre los mejores del mundo por su acción integral dentro de una cancha, perfección en su función específica de zaguero, mando y ejecución como capitán y dominio de todos los aspectos del juego, que más de una vez lo conectan con el gol.

Edinson Cavani y Diego Godín festejan el tercer gol de Uruguay ante Rusia, ayer, en el Samara Arena. Foto: Fabrice Coffrini, AFP
Edinson Cavani y Diego Godín festejan el tercer gol de Uruguay ante Rusia, ayer, en el Samara Arena. Foto: Fabrice Coffrini, AFP

El color del cielo

¿Por qué un país chiquito, pobre y con carencias de todo tipo en rubros indispensables como educación y salud, y con jóvenes de 40 años, tiene que ganar sólo por llamarse Uruguay y vestirse de celeste? ¿Por qué sacarse de encima a potencias deportivas que cuentan con millones de jóvenes entre los cuales elegir se mide de la misma manera que si uno le estuviera ganando a la selección de Liechtenstein? En los últimos tiempos, peleando con la realidad pero caminando sobre seguro, siguiendo planes básicos de desarrollo y con ejecutantes que suman racionalidad y emoción a sus aptitudes técnicas, Uruguay ha sumado logros que, analizados globalmente, marcan un momento de evolución que tal vez sea coyuntural pero que también puede ser producto de planes de mediano plazo o acierto de quienes dirigen los colectivos. El ejemplo es claro en el caso de esta selección uruguaya, ahora sí emocional y racionalmente respaldada por nuestra gente, que entiende que hay otras formas de ganar y perdurar que trascienden la victoria o la derrota en un campo de deportes. Ganar no es lo único, sí lo es buscar el desarrollo y el crecimiento. Y ganar así en un Mundial, consiguiendo por primera vez la victoria en los tres partidos iniciales, es realmente estupendo, ¡Uruguay, nomá!

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