Al final todo arranca con un desaforado “¡Uruguay nomá!” que sale de adentro de las entrañas del uruguayo que anda ahí en la vuelta atrás de la pelota, pero que reconoce y decodifica que hay trabajo, seriedad y cuidado por hacer las cosas bien. Hay una implícita decodificación de que esa victoria, así, costosa pero merecida, seguramente nos perfila en el grupo. Además, hizo caer otra marca negativa, dado que desde México 1970 no ganábamos un partido debut en un Mundial (2-0 ante Israel).

Estos tres puntos tal vez sean determinantes; tal vez no, pero fueron conseguidos una vez más bajo la égida del maestro Óscar Washington Tabárez, con un celoso trabajo de planificación y desarrollo en búsqueda de un objetivo. No hay caso y no hay con qué darle: este grupo tan amplio como compacto ha sido sistemáticamente capaz de desafiar a la lógica de la cátedra, y racionalmente y con la seguridad que dan el trabajo, el esfuerzo y las ganas se acomoda a los rivales complicadísimos como lo fue Egipto ayer. El detalle no es menor dado que en el microcampeonato de tres partidos donde se juega a clasificar, arrancar ganando significa afrontar el segundo encuentro en condiciones ideales y ello libera de presiones y opresiones.

La inmensidad

No importa cómo es el partido, aunque después claro que sí importa, pero la emoción que arroja una presentación de estas en una justa tan trascendente es realmente removedora. A uno desde la tribuna se le mueve todo, fluye la adrenalina, campean los nervios aun desde antes de que la pelota ruede; imaginen ustedes lo que debe ser para los futbolistas, los verdaderos dueños del juego.

En estos días una entrada de Twitter de Andrés Reyes resumía lo que ha representado para decenas de miles de uruguayos la andadura, la acción y la planificación del Maestro Tabárez, en función de lo que era y representaba para aquellos muchachos y muchachas la no participación en los mundiales del 94 y 98, y la flaca y enredada presencia en Corea-Japón 2002.

Ya estamos otra vez acá, en esta secuencia virtuosa de tres presentaciones continuas, que no son más que la punta del iceberg que no deja ver la inmensidad de un corpus que brinda formación continua, desarrollos permanentes y una comunión inconmensurable que se retroalimenta de entrega y seriedad. Y encima, el triunfo, trascendente en el aporte de los tres puntos que dan basamento a lo que viene en pos de la clasificación, además del certificado de utilidad a lo que no lo necesitaría: la seriedad, la preparación y, fundamentalmente, la idoneidad de este colectivo, con algunos nombres distintos, con jóvenes cuyo techo parece estar lejos, y con aplomados cracks que jugando bien, mal o regular siempre están ahí.

Tenía razón el Indio Pedro Arispe. Esas emociones, las de mirar, jugar o estar en un partido de fútbol que nos aglutina, que nos moviliza, que nos junta pa’ buenas, son la patria.

Partido pensado

El juego empezó con la pelota rodando para Uruguay porque Egipto se recostó a esperar. Buscando la puerta de salida sin apuro desde el fondo, el equipo marcó su aplomo a pesar de la juventud de la mediacancha.

La primera conexión Suárez-Cavani generó el primer chisporroteo con un remate ajustado del Edin.

Le costó el inicio a Giorgian de Arrascaeta, muy volcado a la izquierda, y entonces la primera llegada hasta el fondo con real sentido de gol fue por derecha, con una combinación de Suárez y Varela que terminó con un remate desviado del goleador.

El plan de Héctor Cúper tuvo como centro impedir la salida fluida de la mediacancha oriental, por eso cada vez que Matías Vecino o Rodrigo Bentancur iniciaban el juego por el círculo central aparecían las primeras barreras egipcias.

El primer córner del partido fue para Uruguay a los 21 minutos, y en esa jugada, como en la inmediata, también de otro tiro de esquina, estuvieron los primeros casi goles de Cavani y de Suárez.

Estuvo complicada la primera parte, en tanto Egipto apostó al control defensivo y dejó a sus delanteros arriba para buscar relampagueantes contragolpes, en tanto que Uruguay, con dominio del partido, nunca pudo liberar en las proximidades del área a sus delanteros.

El que redondeó una prestación realmente excelente en ese primer tiempo, y en el partido íntegro, fue Diego Godín, que luchó y ganó siempre, pero siempre, con el grandote Marwan Mohsen, y además metió dos remontadas de campo realmente extraordinarias que pudieron haber culminado en el fondo de la red egipcia. Realmente Godín es un portento futbolístico, casi infalible en su gestión defensiva, y enormemente proactivo en el juego y su desarrollo. El plus, propiedad histórica de las selecciones uruguayas, la enorme fortaleza en el juego aéreo, dio ayer, esta vez a partir de Josema, el desequilibrio justo y necesario.

Un poquito más arriba

En el vestuario se actúa, se insiste, se conversa, se corrige si hay posibles variantes a ejecutar que no dependen de un solo equipo, sino si hay que vulnerar o sostener valencias de los antagonistas. Lo dijo el Maestro ayer en la conferencia de prensa, que no habían salido las cosas como quería, y pensaban, y que por ello buscaron, corregir, cambiar.

En la salida del vestuario Uruguay determinó jugar masivamente en campo egipcio. Apenas en el comienzo de la segunda parte, una habilitación extraordinaria de Cavani para que Suárez ganase el área accionó una maravillosa intervención del arquero Amed El-Shenawy, que de milagro salvó su arco.

Los africanos lograron desembarazarse de la presión ofensiva uruguaya, y con la pelota en sus pies fueron cuidadosos buscando espacios que no aparecieron.

A los 12 de la segunda parte el Pato Carlos Sánchez entró por Nahitan Nández y el Cebolla Cristian Rodríguez por De Arrascaeta, una buena apuesta a un juego conocido e incisivo por ambas bandas. Los dos respondieron a las expectativas y reformularon las acciones ofensivas por las bandas, multiplicando las preocupaciones de Héctor Cúper.

A los 27 del complemento, una gran jugada del Cebolla y Cavani terminó en los pies de Suárez, que limpió la defensa, incluido al arquero, pero demoró la definición y permitió la recuperación in extremis de El-Shenawy.

Faltaban diez minutos cuando Suárez asistió de cabeza a Cavani, cuyo estupendo remate fue otra vez salvado maravillosamente.

Pero la presión, por juego, que a veces puede ser aplomo, callos y también categoría, fue cercando el gol que ya no podría escapar.

Primero fue ese increíble remate de tiro libre de Cavani que remachó el caño izquierdo de El-Shenawy, y en el rebote no se sabe cómo no entró esa pelota. Después, con la vieja receta de tiempos inmemoriales, siempre tan vigente, como el fútbol de control, toque y paciencia que se estableció en Ekaterimburgo, un centro templado y ensayado del Pato Sánchez llegó a la demoledora fuerza aérea de nuestros zagueros centrales, y Josema Giménez, que ya tiene dos mundiales con 23 años, metió un impresionante cabezazo, complicado por la altura a la que debió llegar para sumarle fuerza y dirección e hizo morir la pelota en las redes.

Fue un triunfo costoso, sustentado con juego, solvencia, esmero, paciencia y realismo. También debemos encuadrarlo en el gran partido que planteó e hizo el seleccionado egipcio de Héctor Cúper.

Es para nosotros, para Uruguay, los uruguayos, un paso adelante, estimulante y atractivo que genera ilusiones, cimenta certezas.

¡Uruguay nomá!

Foto del artículo ''
Foto del artículo ''

.