Ni lo que digo

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Si hay algo que aclarar es que esta lista no es una lista orgánica del movimiento Más Unidos Que Nunca. Es una lista que surge, en todo caso, de ese movimiento reconocido incluso por la AUF, por su forma, por su lucha, por sus características. Es una lista que incluye a algunos -solo algunos- baluartes que lunes a lunes estuvieron en la conversa, en la cocina de las cuestiones, navegando en un mar de derechos. Anclando en obligaciones. Gritando tierra cada tanto con un río de gente como afluente. El 9 de febrero es una fecha que no deberíamos olvidar. Ese día, casi seiscientos futbolistas se congregaron en una marcha única en la historia. No por ser una convención de trabajadores arrancando derechos como decía Martí, como decía Lugano. Si no por ser una marcha de futbolistas: en la ola pude ver algunas familias, los vecinos saludando, los taxis con las bocinas. El efecto fue tener en cuenta que nuestros derechos como trabajadores estaban siendo ultrajados. El efecto fue darnos cuenta que éramos trabajadores y que teníamos derechos y que eran vulnerados. El efecto fue jugar tras manifestarse en las canchas y en las pancartas como trabajadores, y negar la palabra frente al micrófono de los íconos de la censura. Tuvieron que inventar que ahora el jugador del partido pasó a ser la jugada del partido para usar las imágenes y no las palabras. Hablemos de semiótica.

Hubo que cortarles el rollo del casete para que piensen en el juego. Busquemos en el archivo aquellas fotos de planteles unidos con pancartas pensadas en la masa. La masa es el vestuario. Esa cosa en la mayoría de los casos húmeda y hostil donde nos hemos criado. Nuestro logro más grande fue discutir paredes adentro, y aprender de esas verdades a transformar las verdades adquiridas. Cada lunes aprendimos que la masa es una ameba. Que la masa se construye. Que el vestuario habla. Así empezamos en nuestra propia sede (y por siempre), la casa del futbolista, la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales. Y no profesionales también. Así empezamos y seguimos, como expulsados de nuestra propia sede por nuestros propios supuestos representantes. Aprendimos de la representación. Aprendimos quienes no nos representan y lo que eso significa para nuestros derechos. Seguimos reuniéndonos en casas de compañeros, en casas ostentosas y en casas humildes, en barbacoas y en parrilleros, en el SUNCA y en la diaria, un medio que postergó las urgencias periodísticas para respetar el lugar de un movimiento mucho más social que futbolístico, incluso cuando algunos medios se apostaron en la puerta del viejo local de Soriano y Ciudadela mientras se decidía, entre otras cosas, parar el fútbol. Parar el fútbol es parar nuestra propia vida. Es lo más cardíaco que nos pasa. Y sin embargo, lo hicimos porque la pelota no se mancha, eso quizás es como un salmo.

El fútbol nos sucede y el fútbol manda, la plata no alcanza. Las ganas casi siempre están. Quince mil pesos es una consigna, un desafío. Es el sueldo mínimo aproximado del jugador de la B, el que más sufre. El de la C ni siquiera es tenido en cuenta (las mujeres menos, porque son mujeres y porque no son profesionales, aunque el nuevo estatuto, casi por defecto, las termine incluyendo; ojalá hubiese sido una cuestión de agenda). Porque seguimos hablando de jugadores profesionales cuando en esta lucha jugamos todos y todas. Los legales y los desahuciados, los famosos y los que no son nadie, los sin tierra y los con casa y terreno. Quince mil pesos es la pancarta, la ecuación es entre lo que se gasta para vivir y alquilar y lo que se gana. En el cociente están representantes y dirigentes.

Si hay algo que aclarar es que esta lista no es una lista del movimiento Más Unidos Que Nunca, que está -parafraseando a Sabina- en una sala de espera sin esperar. No hay nadie, y estamos todos. Más Unidos Que Nunca fue una forma de entender y accionar. La práctica fue nuestra verdad. Al día de hoy luego de casi dos años de esta historia, sigue sin haber ambulancias en las canchas nuestras, hay equipos sin médico, sin cobrar o cobrando salteado, pero siempre con agua fría. Dirigentes que hacen y deshacen nuestro trabajo mientras los bolsillos son tremenda transa. Hay miles de cosas por hacer. Casi todo está por reformarse. Lo ideal hubiese sido que estemos todos en el pienso de las cosas que parecen definitorias y ordenadas hasta en el nombre: “Ahora más que nunca”. Desde que arrancamos es más que nunca. Ahora son solo algunos. Pongamos las cartas sobre la mesa, los jugadores en la torta de cumpleaños; los que estén seguro harán lo mejor que esté a su alcance, los otros estaremos en el cuestionamiento y en la acción si es menester, pero hay una forma que caducó: la plural. La de todos. La de los que se unieron una vez y para siempre en un lema. Habrá que reformarse o no habrá nada entonces.

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