En los pies del otro

Un sábado de tarde en la escuelita de fútbol Abriendo Caminos.

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Es sábado de tarde y Montevideo está quieto. Hay olor a fútbol y un solcito que entibia todos los arcos de la ciudad. Hay un pálpito incesante que tiene que ver con la historia. Son las horas previas al silbato. En las callecitas de los barrios hay botijas peloteando. El cordón es a veces un límite, a veces un aliado, a veces la meta a la que apuntar con el juguete redondo para que el rebote ob...
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Es sábado de tarde y Montevideo está quieto. Hay olor a fútbol y un solcito que entibia todos los arcos de la ciudad. Hay un pálpito incesante que tiene que ver con la historia. Son las horas previas al silbato. En las callecitas de los barrios hay botijas peloteando. El cordón es a veces un límite, a veces un aliado, a veces la meta a la que apuntar con el juguete redondo para que el rebote obtuso quede servido para el gol. Los autos aparcados achican la cancha, si en el rebote no hay alarma siga siga. Los autos que pasan son amenazas, pequeños descansos para hiperventilar y madrugar al otro si se duerme.

“Estamos hace dos meses y medio exactamente, la idea surge por Thiago, que es nuestro motor; es el hijo de Diego, que va a cumplir dos años y tiene síndrome de Down. Yo trabajo en el colegio Nuevo Camino, que es para chicos con síndrome de Down. Con Diego somos compañeros del Complejo Concepción, donde hacemos los entrenamientos. Queríamos hacer algo de lo que más o menos sabemos para aportar un granito de arena; estaba faltando esa posibilidad, por eso hicimos la escuelita. Hace dos semanas empezamos con la inclusión; tenemos aproximadamente 30 chicos divididos en dos grupos, de seis a ocho y de nueve a 12 años. Lo único que exigimos que traigan para ingresar a la escuela es el carnet de aptitud física”, dice Rodrigo, y queda claro que el fútbol nos gusta a todos y todas y que efectivamente es para todos y todas. Hay una educación inclusiva que urge en esa cosa barrial en la que se curte el fobal que después es para siempre, como las amistades de todos los partidos de un sábado como ese sábado de tarde en un Montevideo ya no tan quieto. La escuelita de fútbol Abriendo Caminos surge porque hay un espacio que falta. Lo que urge entonces –como dice el proyecto que escribieron Diego Varela, Rodrigo Ferreyra y Andrés Magrini– es “tomar conciencia del derecho que tienen las personas con algún tipo de discapacidad física o intelectual a la práctica deportiva. A través del fútbol, desarrollar el potencial brindando herramientas para integrarse a una sociedad que muchas veces presenta obstáculos. La misión es generar un espacio de inclusión utilizando el deporte como medio para fortalecer el desarrollo y la sociabilización. Además, generar un espacio para que padres y familiares intercambien experiencias positivas. Se trata de derribar mitos y preconceptos. El deporte como agente de salud, de bienestar físico y emocional, como herramienta inclusiva, como generador de lazos. La actividad física que demanda el fútbol beneficia a niños y niñas, mejorando y desarrollando la fuerza muscular, el equilibrio estático, la postura corporal, la percepción de cuerpos diferentes, la coordinación general y la orientación espacial. Los entrenamientos y partidos de fútbol proporcionan un marco para la integración social que favorece el estado emocional”.

En un costado de la cancha se va formando la tribuna de madres y padres. Corren algunos mates, las mesas se llenan de camperas y botellitas de agua. Hay una madre que ajusta unos botines, un padre que resuelve junto al hijo si va la casaca de Peñarol, la de Abriendo Caminos u otra que aparece adentro de la mochila. Hoy es un día especial porque Agustín Canobbio y Giovanni González, futbolistas de Peñarol, vinieron a pelotear. La cosa es así: dos filas, dos arcos, dos arqueros. De un lado un pibito con la camiseta de la Juve, del otro lado Andrés (Magrini), que parece un gigante bajo los tres palos. De un lado una cuerda extendida sobre el pasto para saltar de lado a lado, del otro unos aros para coordinar si va un pie primero que el otro o los dos a la vez y controlando la ansiedad de salir corriendo a encontrarse con un jugador de Peñarol que te da un pase al borde del área: “Nosotros usamos el fútbol como transporte para brindar un espacio social, un espacio recreativo. Ellos tienen un síndrome, que es el síndrome de Down, y nosotros tenemos otros síndromes. Lo que pasa es que la sociedad no está acostumbrada a estar con ellos en lo cotidiano de la vida. Nosotros, a través del fútbol, que es la herramienta que manejamos, tratamos de darles ese espacio, por eso la escuela es inclusiva y cien por ciento gratuita. Abrimos haciendo rifas; la mitad de las pelotas y los materiales los donó el Colegio Americano, donde trabaja Diego, y el cuerpo técnico de la selección nos donó una camiseta para la rifa antes del Mundial. La empresa Taca donó las remeras para practicar. Hemos hecho comidas y eventos para el Día del Niño. Para nosotros una escuela de fútbol hacía falta, como hacen falta un montón de cosas para estos chicos; hay una escuela de básquetbol también, unos colegas abrieron una escuela de fútbol en Pando que empezó hace un mes. Nosotros tenemos una lista de espera de más de diez personas. La idea es seguir abriendo caminos”.

Rodrigo se distrae porque un botija se arrima. Lo que sigue es un abrazo grande y una invitación a la cancha. La práctica ya empieza y lo primero es la charla técnica, la presentación de Agustín y Giovanni, que ya tienen dos chicos colgados de los brazos. Diego, Rodrigo, Andrés y la gurisada ya transitan una coreografía que tiene olor a gol, como el sábado. Los más grandes en la tribuna aceleran el pálpito. Son los ratos previos al silbato. Hay un botija que se esconde atrás del arco, quizás tiene alma de hincha. Alguien se pone en cuclillas para quedar a la altura, y el gesto universal de una mano extendida alcanza para volver al juego. Mientras vuelven agarrados de la mano, hay otra jugada que termina en gol porque Andrés se la jugó por un palo y la gurisa eligió el otro. Benjamín, que al final eligió la camiseta de Peñarol, espera en la fila sabiendo que luego de las cuerdas y los conos está el festejo con el ídolo que, además, le dio el pase para el gol; todo eso se traduce en pequeños saltitos en el lugar con los ojos prendidos de la jugada que termina. La jugada que termina vuelve a empezar en los pies del otro.

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