“¡Los vamos a violar en la cárcel, hijos de puta!”, gritaba con un fusil a cuestas uno de los policías. “Así se hace, eso mismo, que estos uruguayos de mierda paguen por venir a hacer desmanes acá”, le escuché decir, exaltado, a un señor de la élite de Río de Janeiro: la zona sur. Así, tirados en la calle, apiñados como nos tenían, éramos la atracción del circo de horrores. Todo el mundo filmaba, y algunos de los hinchas de Flamengo que habían participado en la gresca –uno de ellos todavía con una camiseta atada en la cabeza– eran los que señalaban a la policía quiénes habían sido los supuestos culpables. Con ese criterio armaron una lista de “los más peligrosos” arriba de la vereda. Yo estaba sentado de espaldas a la platea, de cabeza gacha, y sentí que un dedo índice me levantaba el gorro. “¿Y vos por qué te escondés? No te tapes la cara, dale para allá”, me dijo uno de esos hinchas, al lado de un policía, que me cazó de la remera y me metió al grupo de los más indeseables. “Cabrón, sentate derechito”, me dijo el otro. No sabíamos ni a dónde iríamos ni qué sería de nosotros.

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Según el comunicado oficial de Peñarol –y como todos los hinchas que fueron a Río sabían–, la concentración era en la playa de Leme a las 17.30, para salir “con seguridad policial rumbo al estadio Maracaná”. Cuando varios de los ómnibus llegaron, había hinchas de Flamengo en el lugar combinado. Algunos volvieron para atrás para evitar confusiones, pero la Policía los hizo volver a Leme, porque en los lugares de la rambla donde pararon no se podía estacionar. Le pregunté al policía por qué había hinchas y ómnibus de Flamengo en el lugar combinado para la hinchada de Peñarol. No tengo ni idea, me dijo, pero salgan de acá porque están mal parados. Estábamos tomando cerveza en el barcito de la playa, ya en Leme, reencontrando amigos que hace tiempo no veía, y ya comentábamos que la situación “era para cagada”. Empezaron algunas jodas primero, unas provocaciones después, para un lado y para otro. A los pocos minutos escuché unos gritos, y cuando me di vuelta el escenario ya era de guerra. Volaban sillas y mesas para todos lados. Botellas, piedras, palos, lo que se imaginen. Bastante más de lo que se vio en los videos que circularon. Tomé la dimensión de la gravedad de lo que estaba pasando cuando vi a un hincha de Flamengo tirado en el piso demasiado rígido, y a otro revoleando un hacha. Salía gente furiosa de todos lados, de la playa, de las callecitas cercanas, con hambre de camisetas amarillas y negras. Me metí a uno de los ómnibus, temiendo lo peor. Le tuvimos que arrancar los asientos y ponerlos en las ventanas, porque nos cascoteaban de todos lados. La Policía miraba. Miraba cómo nos apedreaban, pero también miraba de al ladito cómo le pegaban entre varios en el piso a un hincha de Peñarol, al que le dieron hasta con una silla. Lo que se veía era barbarie por todos lados.

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Después de pasar por el escarnio, vino más verdugueo. Nos metieron a todos en unos ómnibus con un calor insoportable por más de tres horas y nos pararon frente al 4° Batallón de la Policía Militar, sin darnos absolutamente ninguna información. Lo mismo hicieron con la mayoría de los ómnibus de Peñarol, pero el ómnibus en el que estaba era de los fichados: los que se iban a perder el partido. A esa altura, los videos de la gresca estaban por todos lados, y casi toda la prensa brasileña hablaba del tema. Cuando estaba terminando el primer tiempo, nos pasearon de vuelta hasta el Maracaná, donde otra vez llovieron piedras, y nos bajaron al Juzgado Especial Criminal, que queda dentro del propio estadio. En medio de la agonía, el único momento de alegría fue el grito del gol en la hora, que retumbó en toda la comisaría. El resto fueron tratos duros, y horas y horas de espera. Lo que la Policía quería descubrir era cuál de los 150 hinchas que estaban detenidos había dado el botellazo que dejó en el CTI al hincha de Flamengo, y en base a los videos tres hinchas fueron presos y responderán por el delito de “lesión corporal grave”, cuyas penas van desde dos a ocho años de prisión. El resto fue liberado pasadas las cuatro y media de la madrugada.

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Fue una salvajada, un lío absurdo, y una situación completamente evitable, que reaviva la eterna discusión acerca de la violencia en el fútbol. ¿Cómo es posible que los poderes públicos sigan repitiendo los mismos “errores”? ¿Cómo es posible que en un partido de la Copa Libertadores que despertaba gran expectativa hubiese hinchas de Flamengo en el punto acordado para que se concentraran los hinchas de Peñarol y el control policial fuera escaso? Los que vamos a la cancha sabemos cómo es jugar de visitante en otro país, y las dinámicas de los aparatos de represión en estos casos. Y sabemos que no siempre es omisión. Nada justifica lo que pasó, pero es sobre estos elementos que se basa la condición de evitable. La idea de ver un partido puede pasar del cielo al infierno en cinco minutos de locura, y eso infelizmente ha sido así desde que tengo memoria. Pero también –salvo excepciones– siempre las planificaciones de los organismos de “seguridad” han sido pésimas y no garantizan las condiciones mínimas para evitar conflictos.