Terminó el partido. Todo el estadio, todo el pueblo estalla de júbilo y alegría. No importa que los lectores no conozcan o no empleen usualmente el vocablo “júbilo”. Qué importaría, si más de una generación de sanduceros no sabían lo que sus mayores repetían sin cesar: “Y siempre con esa garra y tesón, la blanca va jugando a lo campeón; dale, dale, blanca, dale con fervor; dale, dale blanca, que serás campeón”, como reza el himno-marcha de Paysandú, creado por el futbolista-murguero de otros tiempos el Beto López y su murga Los Charoles.

Y fue campeón nomás, después de aquella lejana conquista de 1989, cuando los títulos eran costumbre, la selección de Carlos Cabillón –el primero en coronarse campeón como jugador y como director técnico– derrotó en un enorme partido a Colonia 2-1 y terminó dando la vuelta olímpica con las dos finales ganadas, porque en Tarariras ya había triunfado 2-0. Apenas anochecía cuando el otoño se transformó en primavera de renacimiento en Paysandú y miles de personas estaban eufóricas en el estadio, tan lleno como pocas veces se vio desde la reforma del Artigas sanducero.

Festejos en el estadio Artigas de Paysandú.

Festejos en el estadio Artigas de Paysandú.

En el medio de la cancha, 20 o 30 jóvenes con claro perfil de futbolistas, algunos plenamente identificados con la indumentaria de la selección de Paysandú –camiseta, short y medias blancas, sudadas, muy sudadas, pero perfumadas por el aroma del campeonato–, saltan y se pegan a la tribuna de punta a punta. Esos chiquilines, que no sólo nunca habían sido campeones, sino que, llevados de la mano por sus padres, madres, tías o padrinos, año tras año, en cada nochecita de verano, nunca habían podido conocer desde la tribuna, tras los alambrados o frente a la radio o la tele, lo que era ser los mejores –algo que otrora era una costumbre–, siguen cantando para sus vecinos con una bandera arrancada a la tribuna para ser usada como blasón de gloria, que dice “Dueños del interior”. El pueblo sanducero todo, 30 años después de aquella última conquista, vuelve al pasado a través del futuro y logra una comunión casi única, que agranda mucho más el momento épico de la victoria, única, fugaz, en las canchas, pero eterna en nuestra y en su memoria. Salud, campeones.

Oposición y méritos

Ayer fue una gran final. Paysandú, que venía con la enorme ventaja de haber triunfado en Tarariras, sumó otra posible ventaja cuando a los cuatro minutos de juego se fue expulsado por agresión el punta de Colonia Agustín Bombi. Esa doble ventaja –en los resultados globales y en la circunstancia de tener un futbolista más en el campo– fue bien administrada con un juego aplomado, seguro, fuerte y concentrado. Lo de Colonia fue lindante con lo heroico. Sin Bombi, reformuló el ataque y apoyó todo en Facundo Rodríguez, que se puso el equipo bajo su zurda y jugó un partidazo. Fue espectacular el segundo tiempo, que se realzó aun más con el marco externo que aportó el público vibrante. El partido se hizo de ida y vuelta, y el marcador vio la luz con una inmensa jugada y el aun más grande golazo de Nicolás Duarte, un bólido de mediacancha hasta llegar a la medialuna y sacar un zapatazo impresionante que se transformó en el 1-0.

Colonia sintió el golpe. Trastabilló, pero con atrevidos y necesarios movimientos de su director técnico, Carlo Ravel, logró meter a Paysandú en su área. Con Facundo Rodríguez como artífice de casi todos los ataques, la pelota le llegó a Simón Pagua, que puso la bocha en el centro del área en la zona donde estaba Rodríguez. El goleador del campeonato enganchó dos veces con su pierna hábil y, cuando le quedó para la derecha, sacó un remate, ajustado y contra el caño, que derrotó a Lucas Giossa.

Juan Ramón Andrioli, de Paysandú, festeja un gol a Colonia, ayer, en el estadio Artigas, en Paysandú.

Juan Ramón Andrioli, de Paysandú, festeja un gol a Colonia, ayer, en el estadio Artigas, en Paysandú.

El partido alcanzó los máximos niveles de emoción, con Colonia buscando el segundo gol para llegar al alargue, y Paysandú jugando de contragolpe. Así fue que Gonzalo Ángelo desbordó por la línea derecha y después por la del fondo de la cancha, y cuando llegó a los confines del arco mandó la pelota atrás, donde estaba Juan Andreoli, goleador y confitero, que, como si estuviera poniéndole dulce de leche con la manga a una bomba de chocolate blanco, puso el puntín del pie derecho y coronó con su gol la noche más dulce de Paysandú en los últimos 30 años.

Ahora ya está. Aunque se repita siete o diez veces, un campeón es para siempre.